No sabía cuándo exactamente había dejado de sentir que vivía entre extraños. Tal vez fue cuando aprendí a distinguir los rostros detrás de las miradas salvajes. O cuando dejé de saltar cada vez que escuchaba un aullido en la distancia. O tal vez —solo tal vez— fue cuando empecé a entender lo que significaba pertenecer.
La palabra aún me quemaba en la lengua, como si no terminara de saber si quería pronunciarla o escupirla. Pertenecer. A una manada. A un hombre. A un destino que nunca elegí.
Kae