—¿Qué pasa? —preguntó Emma, inclinando un poco el rostro, con mirada curiosa—. Pareces sumergido en tu propio mundo…
Ella observaba cada detalle suyo, estaba interesada.
Luego le sonrió, con una sonrisa limpia y encantadora que no había visto en otra persona, solo en ella.
Y él se sintió un imbécil. Por todo.
Por no haberla amado antes. Por no haberla elegido antes.
Por haber confundido belleza con lealtad, deseo con manipulación. Vaya que era distinta a todo lo que había conocido alguna