—Te sacaré del país.
Emma parpadeó, como si acabara de despertar de un pensamiento lejano. Luego soltó una risa baja, seca.
—Claro que no. No voy a dejar todo por culpa de la loca de tu mujer.
Ian apretó los dientes, aguantando el impulso de golpear algo, alguien, a él mismo.
—Tú eres mi mujer —dijo, con voz tensa—. ¿Lo recuerdas? Fue contigo con quien me casé.
Emma alzó una ceja y desvió la mirada, sin molestarse siquiera en responder al principio. Se sentó al borde del sofá, con las