Raquel
—¿Sigues durmiendo?
Me desperté de golpe.
El corazón me latía a mil, el sabor metálico de la sangre en la boca, el olor a pólvora impregnando mi cabello.
Lo último que recordaba era el coche de Javier.
Y ahora estaba en una cama desconocida, con cortinas de seda rozando mis brazos, cuando sentí que alguien se movía detrás de mí. Me giré, con los puños medio levantados, y me quedé paralizada.
—Hola, Raquel.
Bajé los puños.
—No deberías aparecerte así, de repente.
—No creí que lo estuviera