Raquel
Por un segundo no recordé nada de lo que había pasado.
Luego abrí los ojos, entrecerrados y doloridos, y tomé conciencia del lugar.
Esquinas oscuras. Tuberías goteando. El aire olía a humedad, como si estuviéramos a kilómetros bajo tierra. Intenté levantar la mano para apartarme el cabello de la cara, pero no pude. Tenía las muñecas atadas.
—Mierda —susurré, sacudiendo los brazos contra la silla—. Mierda, mierda—.
Una pierna pálida llamó mi atención. Me giré y vi a Andrea desplomada en l