Javier
Raquel estaba pálida, con los ojos muy abiertos. Parecía haber visto un fantasma.
O quizá acababa de verse reflejada en el espejo por accidente.
—¿Qué —pregunté, recorriéndola de arriba abajo, desde el encaje recargado hasta los zapatos llenos de pedrería— demonios llevas puesto?
Fernanda me dio un codazo en las costillas.
—Es un vestido de novia, imbécil.
—Claro, pero ¿a qué cadáver se lo arrancaste? Parece salido de una tumba.
Había una cantidad obscena de tela cayéndole de los hombros