Raquel
—No puedo creer que vivas aquí. —Andrea se recostó en la tumbona y contempló los amplios jardines.
Llevábamos un buen rato sentadas afuera desde que ella había llegado. Miguel había traído una bandeja con fruta y queso, y uno hubiera pensado que era una cena de langosta por la manera en que Andrea lo miraba, fascinada.
—Hace un par de semanas apenas éramos un par de desconocidas entre todos los invitados de Javier en este mismo patio. Y ahora estoy aquí como tu invitada. ¿No te parece un