Raquel
Sus manos se posaron en mis caderas, aferrándose a la tela de mi camisa. Su camisa.
—¿Qué estás haciendo?
—Pasas mucho tiempo hablando de lo que necesitan los demás. Yo quiero hablar de lo que necesitas tú.
—Lo que necesito es ser un hombre de palabra.
—Entonces sélo —dije, sin rodeos—. No te estoy deteniendo.
Sus pulgares recorrieron mis costillas.
—No, pero me lo estás poniendo jodidamente difícil.
Puede que media hora antes hubiera estado inconsciente, pero ahora mi cuerpo vibraba. En