Raquel
—Aquí estás a salvo —dijo Víctor en cuanto salí después de cambiarme de ropa.
Lo miré. Tenía los pies apoyados en la silla de al lado, cruzados por los tobillos, como si nada le costara transmitir esa calma.
—Estamos expuestos.
Negó con la cabeza.
—Nadie se acerca a menos de tres kilómetros de la valla sin que alguien del personal lo sepa. No llegarían ni de lejos a tener un tiro limpio. Estás a salvo.
—También pensé que estaba a salvo en el restaurante —me dejé caer en la silla frente a