Raquel
Comí algo y luego salí a deambular por el jardín.
Resultaba desconcertante. Vivir allí no sería terrible. En absoluto. Y eso hacía que la idea de volver a mi vida anterior —el restaurante, la acera, el infierno de mi padrastro— se volviera casi insoportable.
Aun así, me obligué a recordarlo: no se suponía que yo estuviera allí. El lujo no cambiaba ese hecho.
La mansión en sí era impresionante. Tres niveles, balcones colgando de las ventanas, habitaciones interminables que ocultaban secre