Khaled observó el reloj de su despacho. Las diez en punto. Había citado a Mariana con precisión militar, como acostumbraba hacer con todos sus asuntos. Repasó los documentos sobre su escritorio, organizándolos meticulosamente mientras esperaba. No era común que involucrara a la niñera en asuntos administrativos del palacio, pero algo en él —quizás curiosidad, quizás algo más profundo que no deseaba nombrar— le impulsaba a mostrarle esta faceta de su vida.
El suave golpe en la puerta llegó exacta