El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de seda, dibujando patrones dorados sobre el suelo de mármol. Mariana terminaba de arreglar el cabello de Amira, quien no dejaba de moverse mientras hablaba entusiasmada sobre la clase de equitación que tendría esa tarde. La pequeña había desarrollado una pasión por los caballos que hacía brillar sus ojos cada vez que mencionaba a su yegua favorita.
—¡Quieta, pequeña! Si sigues moviéndote así, terminarás con una trenza torcida —dijo Mariana con un