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Cuando nombras a tu hija por el fantasma del pasado, no lo haces para atormentar, sino para honrar—y finalmente, para liberar.

La sala de partos había quedado en silencio después del caos. Mariana sostenía contra su pecho a la criatura más pequeña que hubiera imaginado tener en brazos, y sin embargo, la más luchadora. Dos kilos ochocientos gramos de determinación envuelta en una manta rosa pálido. Más grande que Layla

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