Capítulo 20. Una picadura mortal
La mañana amaneció tranquila en la hacienda. En la cocina se respiraba el olor a pan recién hecho, a café tostado y al guiso que burbujeaba sobre la leña. Las criadas iban y venían con la ligereza de quienes estaban acostumbradas al trajín diario. Entre risas y cuchicheos, Dominga no dejaba de mirar hacia las escaleras.
— Es raro — dijo, frunciendo el ceño mientras removía con una cuchara de palo —. A las nueve subí a ver a la señora Olivia, y todavía seguía dormida.
Una de las cocineras rió ent