Catalina estacionó frente al café discreto que Bernardo había indicado. Viktor y Cristian bajaron del auto al mismo tiempo que ella. Los tres caminaron en silencio hacia la entrada. Viktor estaba tenso, preparado para cualquier escenario; Cristian, con las manos metidas en los bolsillos, como si necesitara contenerse. Entraron juntos.
Bernardo estaba solo, en la mesa del fondo, con esa sonrisa calculada que nunca llegaba a los ojos. Al verlos a los tres, su expresión se endureció por un instante antes de recomponerse.
—Vaya… trajiste refuerzos —dijo, mirando a Viktor y a Cristian con desdén—. Pensé que vendrías sola, Catalina.
—No soy tan estúpida como para caer en tu trampa —respondió ella, sentándose frente a él. Viktor y Cristian permanecieron de pie a sus lados, como guardianes silenciosos—. Habla claro. ¿Qué quieres?
Bernardo se recostó en la silla, cruzando los brazos con aparente tranquilidad.
—Renuncia a la vicepresidencia. Presentarás tu carta de renuncia y te irás. O mañana