La noche cayó sobre la ciudad como un manto pesado, carente de estrellas, trayendo consigo un frio que hacía erizar la piel de cualquiera. En la pequeña celda de la estación de policía, Sophie se encontraba acurrucada en un rincón de la litera de cemento. El eco de los pasos del guardia se alejaba, dejándola a solas con el sonido de su propia respiración entrecortada.
No pudo contenerlo más. El primer sollozo escapó de su garganta como un animal herido. Se abrazó las rodillas, hundiendo el rostro en ellas, mientras las lágrimas empapaban la tela áspera de su uniforme. No era solo el miedo a la condena o la traición de Sandra; era la soledad absoluta de saber que el mundo seguía girando afuera mientras ella estaba atrapada en esa telaraña. Cada lágrima cargaba el peso de la injusticia, quemando su piel, recordándole que la oscuridad no solo estaba en la falta de luz, sino en el vacío del alma que su antigua amiga le había dejado de herencia.
Sin embargo, a pocos kilómetros de allí, la