El amanecer entró gris y frío por las ventanas altas de la mansión Fuentes. Apenas habían pasado unas horas desde el caos en el hospital cuando los patrulleros se detuvieron frente a la entrada principal, con las luces encendidas; sin sirenas, pero con esa presencia muda y aplastante que anuncia que algo terminó.
Catalina los vio desde la ventana del pasillo superior. Llevaba la bata que se había puesto la noche anterior, el cabello suelto y desordenado. Bajó las escaleras corriendo, descalza, c