La recepción en el salón adjunto a la iglesia había sido un torbellino de felicitaciones forzadas y sonrisas tensas. Los invitados, aún conmocionados por el escándalo, susurraban sobre el vestido rojo de Sophie como si fuera una armadura en batalla ganada. Cristian permaneció a su lado todo el tiempo, su mano en la cintura de ella como un ancla discreta. Pero el aire estaba cargado de preguntas no dichas, de miradas que buscaban grietas en esa unión improvisada. Sophie bailó con su padre, rio con Mateo, pero en el fondo, sentía el peso de lo que acababa de hacer. No era felicidad plena; era alivio mezclado con algo amargo.
Cuando la noche cayó, Sophie y Cristian subieron al auto negro que los esperaba. El camino a la casa de los padres de ella fue silencioso, solo interrumpido por el zumbido del motor. Sophie miró por la ventana, viendo las luces de la ciudad desdibujarse. Cristian conducía con las manos firmes en el volante, pero sus ojos se desviaban hacia ella de vez en cuando.
Lleg