La marcha nupcial sonaba solemne, casi irónica, mientras Sophie avanzaba del brazo de Viktor. El rojo de su vestido parecía arder bajo las luces de la iglesia: un diseño de corte princesa que se ceñía a su cintura con precisión impecable, descendiendo en capas amplias de tul y satén que rozaban el suelo como una declaración de guerra. El escote corazón realzaba su piel pálida y dejaba al descubierto su clavícula, elegante y desafiante, mientras el corsé bordado con delicados hilos carmesí se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Cada paso suyo era firme, decidido, letal.
Los murmullos y cuchicheos no tardaron en inundar el recinto.
—¡Santo cielo! ¿Qué clase de locura es esta? —susurró una mujer, escandalizada.
Pero Sophie la ignoró. No había lugar para el miedo ni para la duda. Estaba allí para cobrarse cada lágrima que había derramado la noche anterior, cada humillación, cada traición. Aquello no era una boda… era una sentencia.
—Armando, te entrego a una de las mujeres que más