La recepción se había alargado más de lo planeado. Los invitados empezaron a despedirse alrededor de la medianoche, pero los niños se negaban a irse. Sophie insistía en que «todavía no era hora de terminar la fiesta» y Mateo, con los ojos vidriosos de tanto sueño y azúcar, se aferraba al cuello de Viktor como un koala diminuto.
Cuando por fin cerramos la puerta de nuestra nueva casa, el silencio nos cayó encima como una manta pesada y cálida. Olía a jazmín del ramo que todavía llevaba en la mano