La recepción se había alargado más de lo planeado. Los invitados empezaron a despedirse alrededor de la medianoche, pero los niños se negaban a irse. Sophie insistía en que «todavía no era hora de terminar la fiesta» y Mateo, con los ojos vidriosos de tanto sueño y azúcar, se aferraba al cuello de Viktor como un koala diminuto.
Cuando por fin cerramos la puerta de nuestra nueva casa, el silencio nos cayó encima como una manta pesada y cálida. Olía a jazmín del ramo que todavía llevaba en la mano y a la colonia de Viktor, impregnada en mi piel durante el último baile lento.
—Creo que sobrevivimos —murmuró él, apoyando la frente contra la puerta un segundo antes de girarse hacia mí—. ¿Estás bien?
Asentí, descalza ya, con los pies doloridos y el vestido recogido en un brazo como una capa pesada.
—Mejor que bien. Agotada. Feliz. Y… cachonda desde que me besaste en el último baile —confesé sin rodeos, mirándolo a los ojos.
Viktor dejó escapar una risa baja, ronca, que me erizó la piel.
—Ven