La tarde avanzaba con una calma engañosa. En su despacho lleno de carpetas apiladas y papeles subrayados, Joel permanecía de pie frente a su escritorio, sosteniendo un expediente que ya había leído demasiadas veces. El nombre de Catalina aparecía una y otra vez.
—Esto no fue un secuestro al azar —murmuró para sí.
Joel salió de su despacho, y salió directo a su auto. No podía seguir esperando a que la policía uniera puntos que él veía cada vez más claros. Si Catalina había desaparecido, alguien quería callarla. Y solo una persona tenía tanto que perder.
Toco el timbre, Blanca abrió casi al instante.
—Joel… —dijo, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo, es urgente. Sobre Catalina.
—Pasa —dijo, Blanca, mirándolo con un poco de recelo—.Dime todo, lo que tengas por decir de una vez —pidió ella—. No estoy para rodeos.
Joel levantó la mirada, directo a los ojos de Blanca.
—¿Recuerdas la investigación que ella y yo estábamos haciendo?
—Si, respondió ella, frunciendo el ceño.