Salgo de la casa de mi padre con una mezcla de rabia y derrota. No discutimos más; no tenía sentido. Sus palabras siguen girando en mi cabeza mientras conduzco durante varios minutos, hasta que acepto la verdad más simple: no puedo salvar a Catalina desde el odio. Necesito verla viva en los recuerdos de quienes la aman.
Llegó a la casa de Blanca, respiro hondo antes de tocar; ella , pálida, con ojeras profundas y una fragilidad que duele mirar. No dice mi nombre, pero se hace a un lado para dej