Salgo de la casa de mi padre con una mezcla de rabia y derrota. No discutimos más; no tenía sentido. Sus palabras siguen girando en mi cabeza mientras conduzco durante varios minutos, hasta que acepto la verdad más simple: no puedo salvar a Catalina desde el odio. Necesito verla viva en los recuerdos de quienes la aman.
Llegó a la casa de Blanca, respiro hondo antes de tocar; ella , pálida, con ojeras profundas y una fragilidad que duele mirar. No dice mi nombre, pero se hace a un lado para dejarme pasar.
—Pasa —dijo simplemente, haciéndose a un lado.
Sophie está sentada en el suelo, rodeada de libros infantiles. Cuando me ve, sus ojos se iluminan por un segundo, pero la sonrisa no termina de formarse. Se levanta despacio y corre hacia mí. La abrazo con cuidado, como si pudiera romperse, y ella apoya la cabeza en mi pecho.
—¡Eres tú! —dice con su vocecita apagada—. ¿Ya encontraron a mi mamá?
La pregunta me atraviesa sin piedad. Me arrodillo frente a ella, buscando una respuesta que no