Mundo ficciónIniciar sesiónEl salón comunal estaba lleno.
Demasiado lleno.
Astraea lo supo incluso antes de cruzar el umbral. El murmullo de decenas de voces se mezclaba con el crepitar de las antorchas y el olor denso de lobos alterados. Nerviosos. Expectantes. Hambrientos de espectáculo.
Ella avanzó despacio, con la espalda recta y el corazón golpeándole las costillas como si quisiera huir antes que ella.
Su aroma la precedía.
No podía ocultarlo.
Lo sentía expandirse en ondas invisibles, marcándola como un faro en medio de la oscuridad. Cada lobo que la percibía giraba la cabeza. Algunos fruncían el ceño. Otros abrían los ojos con sorpresa. Unos pocos retrocedían instintivamente.
—¿Qué es…?
—Ese olor… —No es omega… —Ni beta…Los susurros se clavaban como espinas.
Astraea mantuvo la mirada baja. Sus manos temblaban, pero no por miedo. Era algo nuevo. Algo que vibraba bajo su piel, impaciente. Su loba caminaba erguida por primera vez, chocando contra las paredes invisibles que la habían mantenido pequeña durante años.
Al fondo del salón, sobre el estrado, Kaelen y Killian estaban de pie.
La habían sentido.
Los ojos de Kaelen ardían. No de deseo. De furia.
Killian parecía… pálido.
—Tráiganla aquí —ordenó Kaelen con voz de trueno.
Dos guardias Alpha se adelantaron. No la tocaron, pero su presencia bastó para empujarla hacia el centro del salón. Astraea sintió cientos de miradas clavándose en su espalda, desnudándola, juzgándola.
La colocaron frente al estrado.
Frente a ellos.
La luna llena se filtraba por los ventanales, bañando el salón en plata. La Diosa observaba. Siempre observaba.
—Explícalo —exigió Kaelen—. ¿Qué eres?
Astraea levantó la cabeza.
Por primera vez en su vida, no agachó la mirada de inmediato.
—No lo sé —respondió con honestidad.
Un murmullo indignado recorrió la sala.
—Miente —escupió una loba de alto rango—. Nadie huele así sin saberlo.
Killian descendió un escalón, aspirando el aire con los ojos cerrados. Cuando los abrió, había algo roto en su expresión.
—Es ella —dijo en voz baja.
El salón estalló.
—¿Qué?
—¿La esclava? —¿La sin rango? —¿Una… pareja Alpha?Kaelen bajó del estrado de un salto, aterrizando frente a Astraea. El impacto hizo temblar el suelo.
—No —gruñó—. No acepto esto.
Su lobo rugía, furioso, rechazando la verdad que la Diosa había impuesto. Astraea sintió el vínculo tensarse entre ellos, una cuerda invisible que tiraba de su pecho con una fuerza dolorosa.
—Kaelen… —empezó Killian—. La Diosa no se equivoca.
—¡CÁLLATE! —rugió él—. ¿Te das cuenta de lo que significaría? ¿Ella? ¿Como nuestra compañera?
Kaelen se volvió hacia la asamblea.
—¡Mírenla! —señaló a Astraea—. Ha limpiado nuestros suelos. Ha comido nuestras sobras. Ha sangrado sin derecho a quejarse. ¿Creen que la Manada de la Luna Plateada será respetada si reclamamos a esta cosa?
La palabra cayó como un golpe.
Cosa.
Astraea sintió cómo algo se agrietaba dentro de ella.
—No —continuó Kaelen, cada palabra impregnada de desprecio—. Yo, Kaelen, heredero Alpha, la rechazo.
El mundo se detuvo.
El vínculo se desgarró.
Astraea gritó.
No pudo evitarlo.
El dolor fue físico, brutal, como si alguien le arrancara el corazón y lo aplastara en la mano. Cayó de rodillas, jadeando, con lágrimas quemándole los ojos. Su loba aulló dentro de ella, un sonido de pérdida tan profundo que varios lobos del salón bajaron la cabeza por instinto.
Killian dio un paso adelante.
—Kaelen, espera—
—Yo también la rechazo —dijo Killian entonces, con voz tensa, forzada—. No es digna de nosotros.
Las palabras terminaron de destruirla.
El segundo rechazo fue peor. Más profundo. Más sucio.
Astraea se desplomó sobre el suelo de piedra. Su aroma, antes poderoso, se volvió caótico, mezclado con dolor, rabia y algo más oscuro que nadie supo nombrar.
La Diosa Luna guardó silencio.
—Que quede claro —declaró Kaelen—. No la reclamaremos. Pero tampoco se irá.
Astraea alzó la cabeza, con los ojos enrojecidos.
—¿Qué…? —susurró.
Kaelen sonrió.
—Nos pertenece. Aunque sea como recordatorio de lo que nunca debemos ser.
El castigo fue inmediato.
La arrastraron fuera del salón. Sus rodillas golpearon el suelo. Nadie intervino. Nadie protestó. La manada miraba, complacida o indiferente.
La encerraron en las celdas subterráneas.
Oscuras. Frías. Húmedas.
El hierro de las rejas estaba encantado para debilitar a los lobos. Astraea se encogió contra la pared, abrazándose el cuerpo mientras el dolor del rechazo seguía latiendo en su pecho.
—Diosa Luna… —susurró con voz rota—. ¿Por qué?
No hubo respuesta.
Solo el silencio.
Horas después—o quizá días, el tiempo no existía allí—la puerta chirrió.
Kaelen entró solo.
Se detuvo frente a la celda, mirándola como se mira algo defectuoso.
—Escucha bien, esclava —dijo con frialdad—. Lo que ocurrió hoy no cambia nada. Sigues siendo menos que nada. Si intentas huir… morirás.
Astraea lo miró desde el suelo.
Y por primera vez… no sintió miedo.
Sintió odio.
—No soy tuya —murmuró con voz apenas audible—. No para siempre.
Kaelen rió.
—Claro que sí.
Cerró la puerta.
Pero cuando se fue, Astraea apoyó la frente contra las rodillas y dejó que una verdad nueva se asentara en su interior, oscura y ardiente.
La Diosa la había unido a ellos.
Ellos la habían destruido.
Y algún día… ella les haría pagar cada latido de ese dolor.







