La marca que no se ve

Astraea tardó tres días en comprender que algo había cambiado.

No fue el dolor —ese había aprendido a reconocerlo—, ni las marcas antiguas que aún ardían bajo su piel cuando la luna ascendía. Fue el silencio.

La presencia antigua seguía allí, pero ya no murmuraba. Observaba.

Y algo más la observaba también.

Noah lo notó primero.

—Te mueves distinto —dijo una mañana, mientras la veía entrenar—. Como si esperaras un golpe que no llega.

Astraea lanzó a su oponente al suelo con un giro limpio y se
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