La luna que no obedece

La noche se cerró sobre la Frontera Norte con un silencio antinatural.

No había viento. No había insectos. Incluso los lobos más jóvenes se mantenían inquietos, con las orejas erguidas y los colmillos descubiertos, como si el mundo mismo contuviera la respiración.

Astraea estaba de pie en el centro del claro de piedras antiguas.

Descalza.

La tierra fría bajo sus pies la anclaba a la realidad mientras el cielo se abría sobre su cabeza. La luna llena ascendía lenta, arrogante, bañando su piel con una luz que durante años había significado control, sumisión y destino impuesto.

Noah se mantenía a unos pasos de distancia, los brazos cruzados, tenso.

—Si algo sale mal —dijo—, romperé el ritual.

Astraea asintió sin mirarlo.

—No podrás.

No era desafío. Era certeza.

La presencia antigua se movía bajo su piel, despierta por completo ahora, expectante.

Este es el momento, susurró. O te inclinas… o ardes.

Astraea alzó el rostro hacia la luna.

—Te he obedecido toda mi vida —dijo en voz alta—. Incluso cuando no sabía que lo hacía.

La luz lunar se intensificó.

El aire vibró.

—Me quitaste la infancia —continuó—. Me diste verdugos como compañeros. Me hiciste pequeña para que no te desafiara.

El suelo tembló ligeramente. Algunas piedras del círculo se agrietaron.

Noah dio un paso adelante, alarmado.

—Astraea…

—No —lo interrumpió ella—. Esto es entre ella y yo.

El mundo se quebró.

La luz lunar descendió en una columna plateada, envolviéndola. El frío fue inmediato, abrasador. Astraea sintió cómo algo invisible intentaba cerrarse sobre su pecho, buscar el lazo, imponer obediencia.

Cede, ordenó una voz antigua, femenina, omnipresente. Aún puedes ser perdonada.

Astraea gritó.

No de dolor.

De rabia.

—¡NO!

El Fuego Primordial respondió.

Desde lo más profundo de su sangre, un calor oscuro estalló, chocando contra la luz lunar. El impacto fue brutal. El claro explotó en energía. Noah salió despedido hacia atrás, rodando por el suelo hasta chocar contra un árbol.

Los lobos aullaron en la distancia.

La columna de luz se fragmentó.

Astraea cayó de rodillas, jadeando, con las manos hundidas en la tierra.

La luna… parpadeó.

No se apagó.

Pero se quebró.

Una grieta oscura la cruzó de lado a lado, invisible para los ojos humanos, pero imposible de ignorar para quienes sentían la magia.

La voz regresó, más débil.

Esto tendrá consecuencias.

Astraea levantó la cabeza. Sus ojos ardían, completamente carmesí ahora.

—Las aceptaré —respondió—. Pero no volveré a arrodillarme.

El vínculo lunar se rompió.

No de forma limpia.

Se desgarró.

El dolor fue insoportable. Astraea arqueó la espalda y gritó mientras símbolos antiguos se marcaban en su piel como fuego líquido. Marcas de Lunas Negras, despertando después de siglos de silencio.

Y luego…

Silencio.

La noche volvió a respirar.

Astraea se desplomó sobre el suelo, exhausta.

Noah llegó a su lado en segundos, arrodillándose junto a ella.

—Estás viva —dijo con incredulidad—. Nadie ha sobrevivido a algo así.

Astraea sonrió débilmente.

—Yo no soy nadie.

A su alrededor, las piedras del círculo brillaban con una luz nueva, oscura y estable.

Desde esa noche, la magia cambió.

Las manadas lo sintieron.

Los brujos lo supieron.

Y muy lejos de allí, en una fortaleza construida sobre huesos antiguos, Valerius Dragomir, Rey Lycan, abrió los ojos.

Un aroma imposible llenó sus sentidos.

—Por fin —murmuró, con una sonrisa lenta y peligrosa—. Te he encontrado.

La luna seguía en el cielo.

Pero ya no mandaba.

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