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La noche en que Astraea decidió sobrevivir

El dolor no se fue.

No disminuyó.

No se volvió soportable.

Se quedó.

Astraea aprendió eso mientras yacía en el suelo frío de la celda, con la espalda contra la piedra húmeda y el corazón latiendo como un animal herido. El rechazo seguía allí, palpitando en su pecho como una herida abierta que se negaba a cerrar.

Cada respiración ardía.

Cada latido era un recordatorio.

No eres digna.

No eres suficiente.

No existes.

Las palabras de Kaelen y Killian se repetían en su mente con una crueldad precisa, como si el vínculo roto se hubiera convertido en un arma.

Su loba gemía en lo profundo de su ser. No rugía. No atacaba. Lloraba.

Astraea apretó los dientes.

—No —susurró—. No te apagues.

Se abrazó a sí misma, balanceándose ligeramente, como había hecho de niña cuando los gritos en la fortaleza no la dejaban dormir. Había sobrevivido así. Encogida. Silenciosa. Invisible.

Pero algo era distinto ahora.

El rechazo no solo había roto el lazo.

Había despertado algo.

Un calor bajo la piel. Una presión contenida, peligrosa, que no pedía permiso. Su aroma, aunque debilitado, aún tenía matices que no pertenecían a ningún rango conocido. No era omega. No era beta. No era nada que esa manada pudiera nombrar.

Horas después —o quizá fue al amanecer— oyó pasos.

La puerta se abrió con un chirrido áspero.

—En pie.

La voz del guardia Alpha no tenía odio. Tampoco compasión. Solo obediencia.

Astraea se incorporó con dificultad. Las piernas le temblaban, pero no cayó. Eso también era nuevo.

La sacaron de la celda y la condujeron por pasillos que conocía demasiado bien. Escaleras de piedra. Muros antiguos. Antorchas que proyectaban sombras distorsionadas, como si el mundo se burlara de ella.

La llevaron al patio trasero.

Allí estaban ellos.

Kaelen y Killian, flanqueados por miembros del consejo. El cielo aún estaba teñido de azul oscuro. La luna se retiraba lentamente, como una espectadora cansada.

—De rodillas —ordenó Kaelen.

Astraea obedeció.

El suelo estaba cubierto de grava. Sintió cómo las piedras se clavaban en su piel a través de la tela gastada.

—Por decreto del heredero Alpha —anunció uno de los ancianos—, Astraea Raven Nightfall será castigada por intentar usurpar un destino que no le corresponde.

—No lo intenté —dijo ella, sin pensar.

El silencio cayó como una losa.

Kaelen se acercó en dos zancadas y le sujetó el mentón con fuerza, obligándola a mirarlo.

—No hables —gruñó—. No tienes ese derecho.

Sus dedos apretaban demasiado. Astraea sintió el impulso de apartarlo.

Y por primera vez… casi lo hizo.

Killian observaba en silencio. Su expresión era ilegible. Pero sus ojos no la miraban como antes. Había algo incómodo allí. Algo que no quería nombrar.

—Diez latigazos —dictaminó Kaelen—. Para que recuerde su lugar.

El primer golpe la hizo gritar.

El segundo le arrancó el aire.

El tercero la dejó temblando.

Astraea perdió la cuenta después del quinto. El mundo se redujo a dolor y sonido. A carne abriéndose. A sangre cayendo sobre la grava.

Pero no suplicó.

No pidió misericordia.

Y eso enfureció a Kaelen más que cualquier grito.

—Mírala —escupió—. Cree que es fuerte.

En el décimo golpe, algo cedió.

No su cuerpo.

Algo más profundo.

La loba dentro de Astraea dejó de gemir.

Se enderezó.

Basta, dijo una voz que no sonaba como ella.

El mundo pareció inclinarse.

Por un segundo, el aire vibró. Algunos lobos retrocedieron sin saber por qué. Killian frunció el ceño, inquieto.

Astraea se desplomó en cuanto el castigo terminó.

—Llévenla de vuelta —ordenó Kaelen—. Mañana volverá a trabajar.

Como si nada hubiera cambiado.

La arrastraron hasta su habitación. La dejaron allí, sangrando, rota, pero viva.

Esa noche, Astraea no durmió.

El dolor era demasiado intenso. Cada movimiento la hacía jadear. Se incorporó con esfuerzo y se acercó al pequeño cuenco de agua que le habían dejado. Limpió la sangre como pudo.

Fue entonces cuando lo sintió.

No un aroma.

Una presencia.

El aire se volvió denso, cargado de algo antiguo. Las sombras del cuarto parecieron alargarse, ondular. Astraea se quedó inmóvil, con el corazón acelerado.

—No tengas miedo —dijo una voz profunda.

No venía de fuera.

Venía de todas partes.

—¿Quién…? —susurró.

La temperatura descendió. La luna, ya casi oculta, lanzó un último rayo de luz que atravesó la pared de piedra como si no existiera.

Astraea cayó de rodillas.

Ante ella, una figura se formó lentamente. No era la Diosa Luna. No era etérea ni suave.

Era sólida. Imponente. Antiguamente poderosa.

Ojos rojos como brasas.

—Has sido rechazada —dijo la figura—. Humillada. Marcada para romperte.

Astraea tragó saliva.

—No quiero morir —susurró—. Solo… quiero irme.

La entidad la observó durante un largo momento.

—Eso ya no es posible —respondió—. Lo que llevas en la sangre ha despertado. Y ellos lo han sentido.

—¿Qué soy? —preguntó ella, con la voz quebrada.

La figura sonrió.

No con bondad.

Con promesa.

—Eres lo que la Diosa intentó enterrar. Lo que no debía volver a existir. Una unión prohibida.

Astraea sintió el calor regresar. No doloroso. Firme. Vivo.

—Si te quedas aquí —continuó la voz—, te destruirán. Poco a poco. Disfrutarán cada grieta.

—Entonces ayúdame —dijo ella, alzando la mirada—. Por favor.

La figura se acercó. Extendió una mano que no tocó su piel, pero que hizo vibrar cada hueso de su cuerpo.

—No te ayudaré a huir —dijo—. Te ayudaré a sobrevivir.

El aire explotó en energía.

Astraea gritó, pero esta vez no fue de dolor.

Fue de despertar.

Cuando la presencia desapareció, el cuarto quedó en silencio.

Astraea respiraba con dificultad, empapada en sudor. Pero algo había cambiado.

Su espalda ya no ardía igual.

Su corazón latía con fuerza.

Se puso de pie con lentitud. Caminó hasta el pequeño espejo de metal agrietado que colgaba de la pared.

Sus ojos ya no eran solo grises.

Había destellos carmesí en ellos.

—No voy a morir aquí —dijo en voz baja—. No voy a desaparecer.

Apretó los puños.

Esa noche, Astraea Raven Nightfall dejó de esperar ser salvada.

Y comenzó, muy despacio, a convertirse en algo que la manada no podría controlar.

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