La sangre recuerda

El primer recuerdo llegó como un golpe.

Astraea estaba entrenando sola al amanecer, el cuerpo cubierto de sudor y polvo, cuando el mundo se inclinó de repente. El aire se volvió espeso. Sus rodillas cedieron y cayó sobre la tierra húmeda del claro.

—No… ahora no… —murmuró.

La visión la tomó sin pedir permiso.

Fuego.

Gritos.

El olor a sangre fresca, demasiado dulce, demasiado caliente.

Astraea jadeó, con las manos hundidas en el suelo, mientras imágenes que no eran suyas se desplegaban en su mente. Un campo de batalla iluminado por una luna negra. Lobos y criaturas que no reconocía luchando y muriendo. Un rugido que no provenía de ningún animal conocido.

Y en medio de todo…

Ella.

No como era ahora.

Más alta. Más fuerte. Ojos completamente carmesí. Marcas antiguas recorriendo su piel como venas de luz.

—¡Astraea!

La voz de Noah la sacó del recuerdo. Él se arrodilló frente a ella, sujetándole los hombros con firmeza.

—Respira —ordenó—. Aquí. Ahora.

Astraea obedeció a duras penas. El mundo volvió lentamente a su sitio. El claro. El bosque. Noah.

—¿Qué fue eso? —preguntó él.

Astraea negó con la cabeza, temblando.

—No lo sé… pero lo he visto antes. En sueños.

Noah frunció el ceño.

—Entonces no son sueños.

La ayudó a ponerse de pie y la llevó hacia una de las piedras talladas del claro. Pasó la mano por los símbolos con respeto.

—Estas marcas —dijo— no son de lobos. Son anteriores a las manadas. Anteriores incluso a la Diosa Luna.

Astraea sintió un escalofrío.

—¿Qué soy?

Noah la miró fijamente.

—No completamente loba —respondió—. Pero tampoco otra cosa del todo.

Antes de que pudiera decir más, un aullido cortó el aire.

No era de alarma.

Era de llegada.

Tres figuras emergieron del bosque. Dos hombres y una mujer. Sus aromas eran extraños, mezclados, difíciles de identificar.

—Brujos —susurró Astraea sin saber cómo lo sabía.

La mujer sonrió.

—Sangre despierta reconoce sangre despierta.

Noah se tensó, colocándose frente a Astraea.

—No sois bienvenidos aquí.

—No venimos por ti, Alfa de la Frontera —respondió uno de los hombres—. Venimos por ella.

Astraea dio un paso adelante.

—¿Quiénes sois?

La mujer la observó con intensidad.

—Guardianes del Velo —dijo—. Y tú, niña, llevas en las venas el eco de algo que casi destruyó este mundo.

La presencia antigua se removió con fuerza.

Por fin, murmuró.

Astraea se llevó una mano al pecho.

—Díganme.

Los Guardianes intercambiaron una mirada.

—Tu linaje se creía extinguido —continuó la mujer—. Mitad loba. Mitad portadora del Fuego Primordial.

El nombre cayó como un trueno.

—Las Lunas Negras —añadió—. Devoradoras de dioses. Asesinas de Reyes Lycan.

El silencio fue absoluto.

Noah apretó la mandíbula.

—Eso es imposible.

—Lo era —respondió ella—. Hasta ahora.

Astraea sintió miedo.

Y orgullo.

—¿Por qué yo? —preguntó.

—Porque alguien intentó sellar tu poder antes de que nacieras —dijo el segundo hombre—. La Diosa Luna misma.

La rabia le subió a la garganta.

—¿Ella me hizo esto?

—Ella te hizo sobrevivir —corrigió la mujer—. Pero te mantuvo pequeña. Dormida. Controlable.

La presencia antigua rió en su interior.

Te mentí a medias, dijo. Siempre lo hago.

Noah miró a Astraea con una mezcla de cautela y algo más oscuro.

—Si esto se sabe…

—Vendrán a matarla —terminó el brujo—. O a usarla.

Astraea levantó la cabeza.

—Que vengan.

El viento cambió.

Los Guardianes se tensaron.

—No es solo eso —añadió la mujer—. El rechazo de tus compañeros rompió un equilibrio antiguo. El Fuego Primordial ya no responde a la Diosa. Te responde a ti.

Astraea cerró los ojos.

Vio la luna negra otra vez.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.

La mujer dio un paso atrás, inclinando la cabeza con respeto.

—Recordar —dijo—. Recordar quién fuiste. Y decidir si este mundo merece que vuelvas a serlo.

Cuando los Guardianes se fueron, el claro quedó en silencio.

Noah habló primero.

—Esto cambia el trato.

Astraea lo miró.

—No —respondió—. Lo cumple.

Se volvió hacia el bosque, con el corazón latiendo fuerte.

La sangre recordaba.

Y pronto… el mundo también lo haría.

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