Inicio / Hombre lobo / LA LUNA NO SE ARRODILLA / La loba que aprende a morder
La loba que aprende a morder

El territorio de la Frontera Norte no se parecía a nada que Astraea hubiera visto antes.

No había murallas blancas ni estandartes orgullosos. No había tronos ni salones pulidos. Solo bosque denso, montañas afiladas y un aire tan cargado de poder que le erizaba la piel.

—Aquí nadie sobrevive siendo débil —dijo Noah mientras avanzaban entre los árboles—. Y nadie te protege por lástima.

Astraea asintió en silencio.

Estaba agotada. El cuerpo le dolía por el esfuerzo, por la huida, por las heridas que aún no cerraban del todo. Pero algo en su interior seguía despierto, alerta, negándose a dejarla caer.

La llevaron a un claro amplio, rodeado de piedras antiguas cubiertas de símbolos tallados. Varios lobos entrenaban allí. Se detuvieron en cuanto Noah apareció.

Las miradas se clavaron en ella.

Evaluándola. Midiéndola. Juzgándola.

—Esta es Astraea —anunció Noah—. A partir de hoy, entrena conmigo.

Un murmullo bajo recorrió el claro.

—¿Ella? —murmuró un lobo grande, de cicatrices visibles—. Parece que el viento podría romperla.

Astraea apretó los puños.

Noah lo miró con frialdad.

—Inténtalo y perderás la mandíbula.

Silencio.

Noah se volvió hacia ella.

—No te voy a tratar con cuidado —dijo—. Si te rompes, mueres. Así de simple.

—Entendido —respondió Astraea.

—Bien. Empieza.

No hubo preparación.

No hubo explicaciones.

Noah se lanzó contra ella.

Astraea apenas tuvo tiempo de reaccionar. El impacto la tiró al suelo, arrancándole el aire de los pulmones. Rodó sobre la tierra húmeda, jadeando.

—¡Levántate! —rugió Noah.

Ella lo hizo.

Volvió a caer.

Y otra vez.

Cada golpe era preciso. Calculado. No buscaba humillarla, sino forzar algo dentro de ella a despertar. Sus músculos ardían. Sus huesos protestaban.

—Usa lo que llevas dentro —dijo Noah, sujetándola del brazo y lanzándola lejos—. ¡Deja de pelear como una loba rota!

Astraea cayó de rodillas.

La rabia subió como fuego.

—¡No sé cómo! —gritó.

Noah apareció frente a ella en un parpadeo y la agarró del cuello, sin apretar, pero con una presencia aplastante.

—Entonces aprende —susurró—. O muere.

Algo estalló.

No fue un pensamiento. Fue instinto.

Astraea empujó.

El aire vibró de nuevo, más fuerte esta vez. Noah salió despedido varios metros atrás, clavando los pies en la tierra para no caer.

El claro quedó en silencio.

Astraea respiraba con dificultad, los ojos le brillaban con destellos carmesí.

—Eso —dijo Noah, sonriendo de lado—. Eso es morder.

Astraea miró sus manos, temblando.

—No lo controlo.

—Aún no —respondió él—. Por eso entrenamos.

Los días siguientes fueron un infierno.

Entrenamiento físico al amanecer. Combate cuerpo a cuerpo. Control de energía. Resistencia al dolor. Noah no la dejaba descansar más de lo estrictamente necesario.

Cada noche, Astraea caía exhausta.

Pero cada mañana… se levantaba.

Su cuerpo empezó a cambiar. No en tamaño, sino en firmeza. Sus movimientos se volvieron más seguros. Su mirada más directa. Su loba, antes encogida, empezó a alzar la cabeza.

Una noche, mientras practicaban control en el claro, Astraea perdió el equilibrio y cayó sobre Noah.

Demasiado cerca.

El contacto fue eléctrico.

Astraea se quedó inmóvil, consciente de su respiración, del calor de su cuerpo, de su aroma oscuro y peligroso.

Noah tampoco se movió.

Por un segundo… el mundo desapareció.

—No confundas esto —dijo él, con voz baja—. Nuestro trato no incluye sentimientos.

Astraea se apartó de inmediato.

—Lo sé.

Pero su corazón latía demasiado rápido.

Más tarde, sola junto al fuego, la presencia antigua despertó de nuevo.

Te haces más fuerte, dijo.

—No lo suficiente —respondió Astraea en voz baja.

Nunca lo es… hasta que lo es.

Astraea cerró los ojos.

Pensó en Kaelen. En Killian. En el rechazo. En el suelo de piedra bajo sus rodillas.

Cuando los abrió, algo había cambiado.

—Enséñame a matar —dijo al vacío.

La presencia no respondió con palabras.

Respondió con poder.

En ese momento, lejos de allí, bajo la misma luna, Kaelen despertó sobresaltado, con el pecho ardiendo y una certeza amarga clavada en los huesos.

Astraea no solo había escapado.

Estaba aprendiendo a morder.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP