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LA LUNA NO SE ARRODILLA
LA LUNA NO SE ARRODILLA
Por: Pastora
La loba que no debía existir

La sangre siempre olía igual.

Metálica. Tibia. Inconfundible.

Astraea Raven Nightfall lo sabía porque había aprendido a reconocerla antes que su propio aroma. Antes que la palabra hogar. Antes que el concepto de protección. La sangre significaba castigo, obediencia, silencio.

Y esa noche, mientras la luna llena se alzaba sobre la Manada de la Luna Plateada, el olor volvía a impregnarle la piel.

—Más rápido, basura.

La voz de Kaelen cortó el aire como un látigo. Astraea apretó los dientes y siguió fregando el suelo de piedra del salón comunal, aunque sus manos temblaban y los nudillos estaban abiertos. El agua sucia se teñía de rojo con cada movimiento.

No levantó la mirada. Nunca lo hacía. Mirarlos a los ojos solo empeoraba las cosas.

Kaelen y Killian estaban sentados en los tronos gemelos al fondo del salón. Idénticos. Altos. Dorados. Perfectos. Los herederos Alpha. Los dioses de aquel infierno.

—¿No la hueles? —murmuró Killian, divertido—. Siempre huele a miedo.

Las risas de los lobos reunidos resonaron como golpes contra su cráneo.

Astraea tragó saliva. Su lobo, pequeño y silencioso, se encogió en lo más profundo de su pecho. No llorar. No temblar. No provocar.

Había aprendido esa lección a los nueve años, cuando la encerraron por primera vez en las celdas por “mirar donde no debía”. A los doce, cuando Kaelen decidió que empujarla por las escaleras era una forma válida de entretenimiento. A los quince, cuando Killian la marcó con una cicatriz en la espalda solo para ver si gritaba.

Nunca gritó.

Porque nadie acudía.

—Levántate —ordenó Kaelen.

Su voz tenía ese tono peligroso que hacía que el aire se volviera espeso. Astraea obedeció con lentitud, sintiendo cómo las rodillas protestaban. La túnica gris que llevaba—demasiado grande, siempre rota—colgaba de su cuerpo delgado.

Kaelen descendió los escalones del estrado. Cada paso era una amenaza. Cuando se detuvo frente a ella, Astraea pudo sentir su presencia como un muro.

—Mírame.

No quería. Pero lo hizo.

Sus ojos eran de un azul cruel, brillante bajo la luz de la luna que entraba por los ventanales. Olía a poder. A dominio. A todo lo que ella jamás tendría.

—Mañana cumples dieciocho, ¿verdad? —preguntó con falsa curiosidad.

Un murmullo recorrió la sala.

Astraea apenas asintió.

—Qué tragedia —intervino Killian, acercándose también—. Una cosa como tú alcanzando la mayoría de edad.

Kaelen sonrió despacio.

—Sabes lo que eso significa.

Sí. Lo sabía.

A los dieciocho, la Diosa Luna despertaba el aroma verdadero de un lobo. El momento en que el destino se revelaba. El instante en que algunos encontraban a su pareja destinada.

Astraea nunca había esperado nada de eso.

Ella no era nadie. No tenía padres conocidos. No tenía rango. No tenía manada. Había crecido limpiando, cocinando, recibiendo órdenes. Menos que una omega. Una sobra.

—Espero que no te hagas ilusiones —susurró Kaelen inclinándose hacia ella—. Nadie te reclamará.

Killian rió.

—Aunque… —añadió— si la Diosa tiene un sentido del humor enfermizo, quizás nos regale algo interesante.

Astraea sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío.

—Retírate —ordenó Kaelen de pronto—. Mañana será un día… especial.

Cuando la dejaron ir, Astraea caminó con la cabeza gacha hasta las cocinas. Cada paso era una victoria pequeña: no había caído, no había suplicado, no había llorado frente a ellos.

Se permitió hacerlo solo cuando cerró la puerta del pequeño cuarto donde dormía. Una habitación sin ventanas, con una cama dura y una manta vieja.

Se dejó caer sobre el colchón y apretó los puños contra los ojos.

—Solo un día más —susurró—. Solo uno.

Había contado los días durante años. A los dieciocho podría irse. Nadie podía obligarla a quedarse sin vínculo. Sin rango. Sin nada.

Libertad.

La palabra le quemaba el pecho.

La luna ascendió lentamente. Astraea no durmió. Cada latido era un segundo robado al destino.

Y entonces…

Llegó la medianoche.

El cambio fue inmediato.

Un calor brutal le recorrió las venas. Astraea se arqueó con un jadeo ahogado, agarrándose el pecho. Su corazón golpeaba con violencia. El aire se volvió denso, cargado de algo nuevo.

De ella.

Su aroma cambió.

No era el olor apagado de una loba sometida. No era débil. No era insignificante.

Era intenso. Antiguo. Poderoso.

Astraea cayó de rodillas.

—¿Qué… qué me pasa…?

Su lobo despertó con un rugido que no había escuchado nunca.

Al mismo tiempo, en el ala Alpha de la fortaleza, Kaelen se irguió en la cama con un gruñido salvaje.

Killian también.

Ambos aspiraron el aire.

Sus ojos se dilataron.

—No… —murmuró Killian, pálido.

El aroma los golpeó como una sentencia.

Familiar. Perfecto. Devastador.

—Imposible —escupió Kaelen—. Esa cosa no puede ser…

Pero su lobo ya lo sabía.

La Diosa había hablado.

Astraea Raven Nightfall era su pareja destinada.

Y el infierno… acababa de abrir sus puertas.


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