En la arena, sangre y verdad son lo mismo—ambas imposibles de ocultar.
El amanecer llegó como una herida abierta en el cielo, derramando luz carmesí sobre las montañas mientras yo permanecía frente al espejo de mi habitación, contemplando a la mujer que me devolvía la mirada. Las cicatrices en mi rostro parecían más pronunciadas bajo esta luz cruel, recordatorios permanentes de quién había sido y en quién me había convertido.
Lydia había llegado una hora antes, cargando la armadura ceremonial sin decir palabra sobre la ausencia de Verónica. No necesitaba preguntar por qué mi amiga no había venido—la escena con Kael había sido demasiado pública, demasiado cargada de implicaciones que ninguna de nosotras estaba lista para enfrentar.
—Levanta los brazos —ordenó Lydia, su voz profesional mientras ajustaba las correas de cuero reforzado alrededor de mi torso.
La armadura era ligera pero resistente, diseñada para permitir movimiento completo sin el peso del metal. Cada pieza había sido trab