Desde que volvió a Luna Eterna, Aria llevaba dos días inmersa en un sueño profundo. Su cuerpo estaba acostado sobre una cama grande, con sábanas blancas y rodeada de curanderos que laboraban sin parar para equilibrar la energía que oscilaba en su interior. Su respiración era sosegada, pero de vez en cuando su cuerpo se sacudía, como si reviviera aquello de lo que había huido.
El cuarto estaba tenuemente iluminado por unas velas con una luz suave que ardían; no obstante, cada vez que Aria se