En las partes más profundas del castillo, había un silencio absoluto. Ese sitio, edificado con piedra oscura y grabados antiguos, emanaba el aliento de la desesperanza y el sufrimiento. Aria Blackwood estaba tendida en el suelo helado de uno de sus calabozos, cuyas paredes conservaban todavía el eco de gritos olvidados. Sus muñecas estaban marcadas por los grilletes que la mantenían prisionera, pero sus ojos… sus ojos todavía relucían con la misma resolución que en la primera noche en la que