El amanecer en Luna Eterna no fue reconfortante. El aire olía a humo, a ceniza fresca y a melancolía. Los muros del castillo aún guardaban marcas de la pelea que Draven había iniciado. Con un tono solemne que desgarraba el alma, los estandartes del reino ondeaban ennegrecidos por las llamas. Las luces del amanecer se colaban a través de los altos ventanales en la sala del trono.
Con el rostro endurecido por la pérdida, el rey Ardean contemplaba el extenso mapa del continente. Seraphine tenía u