Las antorchas, en lo más hondo del castillo de obsidiana, centelleaban con un fulgor vacilante. Una figura alta, envuelta en un manto oscuro, se abría paso entre las viejas paredes cubiertas de inscripciones arcanas. Los pasos pesados resonaban por los pasillos. Con el ceño fruncido y una mirada llena de expectativa, Draven Nocthyris se dirigía hacia adelante. Uno de sus subordinados se inclinaba ante él, sosteniendo un libro viejo entre las manos y cubierto de ceniza y polvo.
-Mi señor -dijo