Aún resonaba en el aire de Luna Eterna la energía residual del combate, un eco tenue perceptible solo por los más sensibles. La luz del alba, dorada y pálida, se colaba con precaución entre las murallas y torres blancas, proyectando un resplandor plateado que daba la impresión de envolver a toda la ciudad en una capa de esperanza. Sin embargo, entre esa calma engañosa, Aria se mantenía en la cima del muro principal, con su silueta recortada contra el horizonte como si fuera una estatua melancól