El amanecer llegó en silencio al Occidente. No se oían voces gritando, celebraciones ni proclamando victoria. La única luz gris y fría que se colaba entre las montañas permitía observar lo que había quedado después del ataque: muros quebrados, ruinas parciales, el aire impregnado de ceniza… y la extraña sensación de alivio que atravesaba todo el territorio como un suspiro agradecido.
Siempre había sido fuerte el viento del Oeste, pero esa mañana se sentía diferente: más limpio, más ligero, c