Sigrid alcanzó a distinguir que se trataba de un hombre. No podía verle el rostro con claridad; la habitación estaba sumida en una oscuridad casi total y las sombras lo envolvían por completo. Además, llevaba el rostro cubierto: un paño le tapaba la nariz y la boca, dejando únicamente los ojos al descubierto.
Permanecía en su forma humana, lo que dejaba en evidencia que no tenía intención de transformarse. En su mano aún sostenía la daga, que extrajo del colchón con un movimiento brusco.
Sin perder tiempo, Sigrid tomó al bebé en brazos. El pequeño se despertó inevitablemente, perturbado por el movimiento. Con manos firmes, aunque el corazón le golpeaba el pecho con fuerza, lo depositó en la cuna que estaba junto a la cama. Mientras lo hacía, una idea helada se instaló en su mente. Estaba convencida de que el verdadero objetivo era el cachorro, y que la muerte de ella no habría sido más que un daño colateral, una consecuencia inevitable en el camino.
Sabía que no podía transformarse so