Justo en ese momento, el sonido de unos golpes contra la puerta quebró la quietud de la habitación. África frunció el ceño de inmediato, sorprendida, pues no estaba acostumbrada a recibir visitas tan temprano; a esa hora, nadie acudía a sus aposentos a menos que ella misma hubiese solicitado el desayuno.No dijo nada en voz alta, pero murmuró para sí, casi sin mover los labios, con una inquietud creciente.—¿Quién será…?La respuesta llegó antes de que pudiera ordenar sus pensamientos. Del otro lado de la puerta se alzó una voz masculina, potente y grave, inconfundible en su autoridad.—África —dijo—. Soy Asherad. Necesito hablar contigo.El sobresalto fue instantáneo. África se irguió de un salto, como si un resorte la hubiese impulsado fuera del sillón. El pulso se le aceleró al recordar, con una claridad alarmante, que Sigrid se encontraba allí dentro.Sigrid también lo comprendió al instante: ambas se tensaron, alertas, presas del nerviosismo. Asherad jamás había visto a Sigrid de
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