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El despacho de Silvain emanaba luz por la rendija de la puerta entreabierta, una franja dorada que cortaba el corredor oscuro como una advertencia.

Aryanna llevaba tres minutos inmóvil.

No era curiosidad lo que la había detenido. Era la palabra. Una sola, pronunciada en francés con esa precisión clínica que Silvain reservaba para los asuntos que consideraba resueltos: l'accident. El accidente.

Contuvo la respiración y se peg&oacut

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