—Deja de llamar jaula a todo lo que te da miedo elegir.
Aryanna no respondió.
La oscuridad de su cuarto parecía distinta a la de la mansión. No era una oscuridad diseñada para imponer silencio, ni una penumbra elegante escondida detrás de cortinas caras. Era oscuridad de casa vieja, con una rendija de luz bajo la puerta, una ventana que no cerraba bien y el sonido de una tubería quejándose cada cierto tiempo.
Emilia estaba acostada a su lado, de espaldas, con una carta contra el pecho.
No dormía