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El amanecer llegó con esa luz gris que precede a las tormentas, filtrándose entre las cortinas del estudio como un presagio. Aryanna no había dormido. Permanecía sentada en el sofá de terciopelo del salón contiguo, la misma posición que había mantenido desde que Silvain la dejara allí tras destruir la laptop. Sus manos descansaban sobre su regazo, inmóviles, aunque por dentro cada nervio de su cuerpo vibraba con una tensi&o

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