—Apague eso.
Silvain no sonó furioso.
Sonó vacío.
La voz de Emilia seguía flotando en la sala del jardín, aunque la grabadora ya no emitía nada.
Silvain Beaumont va a venir por nosotras.
Aryanna no se movió. Tenía los ojos clavados en él, pero no lograba verlo como antes. Ni como enemigo limpio. Ni como hombre culpable. Ni como el dueño de esa casa enferma. La frase de su hermana lo había convertido en otra cosa: una sombra dentro del último miedo de Emilia.
Teresa se dobló sobre la mesa, con un