—No diga su nombre.
Aryanna sintió la voz de Teresa antes de verla moverse.
Su madre había soltado la chamarra de Esteban y estaba de pie junto a la mesa, pálida, con los ojos clavados en Lucien Beaumont. No parecía la mujer quebrada de la bata gris. Parecía alguien a quien el dolor le había devuelto un hueso que creía perdido.
Lucien la miró con una calma casi aburrida.
—No he dicho ningún nombre, señora Salvatierra.
—Entonces no empiece.
Aryanna sintió que el cuerpo se le enfriaba.
No necesita