—No puedo impedirle entrar a ver a su hija sin convertirme en lo que todos dicen que soy.
Aryanna miró a Silvain como si la hubiera empujado.
Seguían frente al cuarto donde estaban las cosas de Esteban Salvatierra. Ella sostenía la chamarra de su padre, la grabadora, la libreta negra y el sobre. Todo contra el pecho, como si pudiera proteger esos restos con el cuerpo.
—¿Entonces va a dejar que la usen? —preguntó.
Silvain no se acercó.
Había aprendido algo en los últimos minutos, aunque fuera tar