—Mi madre no está encerrada.
La frase de Silvain cayó en el vestíbulo con una calma tan forzada que Aryanna sintió más miedo que alivio.
Teresa seguía frente a ella, con los dedos apretados alrededor de su mano. Isolde había perdido por completo el color. Lucien, en cambio, parecía furioso de una manera vieja, contenida, como si el nombre de Marianne Beaumont hubiera abierto una puerta que llevaba años fingiendo que no existía.
Aryanna miró a Silvain.
—¿Su madre?
Él no respondió.
No hizo falta.