La tableta descansaba sobre el escritorio de caoba como una trampa esperando ser activada.
Aryanna había entrado al estudio de Silvain con la misma rutina mecánica que ejecutaba cada viernes: plumero en mano, spray de limpieza en el delantal, respiración controlada para no inhalar demasiado el aroma a cuero y tabaco que impregnaba cada rincón de aquel santuario masculino. Normalmente, Silvain guardaba sus dispositivos bajo llave o los llevaba consigo, una precaución que ella había notado desde