El despacho de la decana Montero parecía más pequeño que de costumbre. Isabella sentía que las paredes se cerraban a su alrededor mientras la mujer, con su impecable traje gris y su mirada penetrante, deslizaba un sobre manila sobre el escritorio de caoba.
—Señorita Vega, creí que era usted una estudiante excepcional. No solo por sus calificaciones, sino por su criterio.
Isabella mantuvo la compostura, aunque por dentro sentía que se desmoronaba. Sabía perfectamente lo que contenía aquel sobre