La cabaña olía a humedad y abandono. Isabella cerró la puerta tras ellos, asegurándola con una vieja tranca de madera que apenas parecía capaz de resistir un empujón decidido. El lugar —poco más que cuatro paredes, un techo con goteras y algunos muebles desvencijados— se había convertido en su único refugio después de la emboscada.
León se desplomó sobre una silla que crujió bajo su peso. La mancha oscura en su costado se había extendido, y su rostro, normalmente impenetrable, mostraba líneas d