No podía moverme. Sentía el cuerpo congelado por dentro, como si el alma se hubiese replegado, demasiado asustada del peso que ahora caía sobre nosotros.
Las palabras del abuelo de Eirik se repetían en mi mente como un eco maldito:
“Nunca volverá a amarlos como ahora.”
Después de días de sentirlo perdido por culpa de esos seres oscuros, Aldan había vuelto con nosotros. Eta como un grito de esperanza escuchado por los espíritus ancestrales.
Eir