La noche cayó con un peso distinto.
No era solo oscuridad: era un eco.
Un recordatorio.
Un llamado.
Desde el lago hasta los límites del bosque, el silencio era tan denso que cada crujido de rama parecía un grito contenido. Las hojas no se movían. Los pájaros no cantaban. Incluso el viento parecía haberse escondido.
Aldan se había alejado desde el amanecer. No habló. No dejó promesas ni miradas. Solo partió.
Naya dijo que lo había visto tocar la