El amanecer llegó sin gloria. La niebla cubría la aldea como un sudario, y el sol apenas lograba filtrarse entre las ramas altas del bosque. Los días ya no comenzaban con la misma ligereza; algo se había quebrado en el tejido del tiempo desde aquella noche de fuego y luces.
Aldan no volvió a hablar de los seres que lo rodeaban, pero su mirada cambió. Se volvió más profunda, más callada.
Sus ojos dorados ya no eran solo reflejo del linaje de su padre, sin